De la "Breve historia del mundo" de Ernst H. Gombrich
Caballero significaba, propiamente, jinete, y la caballería comenzó también con el hecho de montar a caballo. La persona que podía permitirse mantener un corcel de combate para ir con él a la guerra era un caballero. Quien no podía permitírselo, tenía que marchar a pie, y no lo era. Así pues, las personas distinguidas a quienes el rey había concedido tierras en feudo eran caballeros. Los siervos campesinos debían suministrarles el pienso para el caballo. Pero los funcionarios de esas personas distinguidas, los administradores de sus fincas a quienes el príncipe había cedido a su vez una parte de la tierra obtenida en feudo, eran lo bastante ricos como para mantener una hermosa cabalgadura, aunque, por lo demás, no fueran muy poderosos. Cuando el rey llamaba a su señor a la guerra, tenían que acompañarle con sus caballos. Por eso eran también ellos caballeros. Los únicos que no tenían la condición de tales eran los campesinos y los sirvientes pobres, los siervos y los vasallos, que combatían a pie en la guerra.
De la misma manera que el monje servía a Dios con la oración y sus buenas obras, el caballero debía servirle con su fuerza. Tenía que proteger a los débiles y desamparados, a las mujeres y a los pobres, a las viudas y a los huérfanos. Sólo debía desenvainar la espada en favor de la justicia y servir a Dios con cada uno de sus actos. Debía obediencia incondicional a su dueño, su señor feudal, y tenía que atreverse a todo por él. No podía ser brutal, pero tampoco cobarde. Nunca podía atacar junto con otro a un enemigo solo, sino que debía enfrentarse a él en combate singular. No le estaba permitido humillar a un adversario vencido. Todavía seguimos llamando «caballerosa» a la persona que se comporta así, pues actúa según los ideales del caballero.
Cuando un caballero amaba a una mujer, salía a combatir por su honor y procuraba afrontar grandes aventuras para hacer famosa a la dama de su corazón. Sólo se acercaba a ella con veneración y hacía todo cuanto le ordenaba. También esto formaba parte de la caballería. Si en la actualidad te resulta completamente natural ceder el paso a una señora ante una puerta o agacharte antes que ella si se le cae algo al suelo, es que pervive en ti un pequeño resto de las ideas de los antiguos caballeros por las que un hombre de verdad debe proteger a los débiles y honrar a las mujeres.
El caballero demostraba también en tiempos de paz su valor y su habilidad en los juegos caballerescos llamados torneos. A estas competiciones acudían caballeros de muchos países para medir sus fuerzas. Galopaban hacia el contrario armados de pies a cabeza con lanzas embotadas e intentaban descabalgarse el uno al otro. La esposa del señor del castillo otorgaba al vencedor el trofeo, que solía ser una guirnalda. Para agradar a las mujeres, el caballero no debía ser brillante únicamente en gestas de armas. Tenía que comportarse con comedimiento y nobleza, no decir palabrotas ni juramentos, como les gustaba a los guerreros, y debía dominar las artes de la paz, como el ajedrez y la poesía.
