De "El herrero de Wootton Mayor" de J.R.R. Tolkien
Un buen día, mientras subía a las montañas, descubrió entre ellas una cañada angosta en cuyo fondo había un lago tranquilo e inmóvil a pesar de la brisa que agitaba el bosque circundante. La luz era en aquel lugar como un atardecer carmesí, pero nacía del lago. Contempló las aguas desde un pequeño acantilado de la orilla y le pareció que podía ver hasta una profundidad inconmensurable. Vio allí llamas dé formas extrañas que se inclinaban, ramificaban y ondulaban como algas gigantes en una fosa marina, y criaturas de fuego que pululaban entre ellas. Lleno de asombro bajó hasta la orilla y tocó el agua con el pie, pero no era agua; era algo más duro que la piedra y más liso que el cristal. Se adentró unos pasos y se hundió pesadamente, y un resonante estruendo cubrió el lago y retumbó por las márgenes. La brisa se transformó al punto en viento desatado, que bramó como una enorme bestia y lo sacó a la superficie y lo lanzó a la orilla, y lo empujó pendiente arriba, volteándolo y dejándolo caer como una hoja seca. Tendió los brazos al tronco de un joven abedul y se abrazó a él, y el viento luchó contra ambos con violencia tratando de desasirlo; pero las ráfagas doblaban hasta el suelo el abedul, que lo protegía con sus ramas. Cuando el viento por fin pasó, se puso en pie y vio que el árbol estaba desnudo. Había quedado despojado de todas sus hojas, y lloraba, y las lágrimas caían de sus ramas como gotas de lluvia. Puso la mano en la blanca corteza y dijo: —¡Bendito seas, abedul! ¿Qué puedo hacer para resarcirte, o para darte las gracias? -Sintió que la respuesta del árbol pasaba a través de su mano: —Nada, -dijo. —¡Vete! El viento te persigue. Tú no perteneces a este lugar. ¡Vete, y no regreses más! Mientras subía los últimos escarpes del valle notó que las lágrimas del abedul se deslizaban por su propio rostro, y en los labios le supieron a amargura.
