La Coctelera

Viento idiota

Categoría: Jose Manuel Naredo

21 Noviembre 2008

De "Raíces económicas del deterioro ecológico y social" de J. M. Naredo

"Para la corriente de pensamiento que se ocupaba en la época de Quesnay y de Linneo de la entonces llamada economía de la naturaleza "todo lo creado era útil (de forma más o menos inmediata) a nuestras necesidades", habida cuenta las múltiples interdependencias observadas entre animales, minerales y plantas en el marco de un supuesto mutualismo providencial: hasta las criaturas más modestas de la creación, como la lombriz de tierra, o los insectos, se consideraban de alguna utilidad, aunque pudieran ser en ocasiones molestas para las personas. En consecuencia, los fisiócratas trataron de conciliar sus reflexiones sobre los valores "venales" o pecuniarios, con esa economía de la naturaleza que extendía su objeto de estudio a toda la biosfera y los recursos. Estos autores propusieron así, en pleno siglo XVIII, una síntesis audaz de crematología y economía de la naturaleza, tratando de orientar la gestión de la economía monetaria con unos principios acorde con las leyes del mundo físico (de ahí su posterior calificación de "fisiócratas"). Pero, como es sabido, su programa de investigación se vio truncado al irse desplazando la aplicación de su idea de sistema económico al mero campo de los valores pecuniarios, hasta que se acabó cortando el cordón umbilical que originariamente la unía al mundo físico. La "ecuación natural" enunciada por William Petty para señalar el origen de las riquezas apuntaba ya este desplazamiento al subrayar en primer lugar la importancia del trabajo: para Petty "el trabajo era el padre y la tierra la madre de la riqueza"... y paulatinamente fue perdiendo peso esta última a favor del padre trabajo. Los llamados "economistas clásicos" mantuvieron tierra como un objeto cada vez más pasivo e incómodo, que se suponía que acabaría frenando el crecimiento económico y haciendo desembocar el sistema hacia un inevitable "estado estacionario", manteniendo todavía una noción de producción que permanecía cargada de materialidad y exigía distinguir entre actividades "productivas" e "improductivas". Hay que recordar que a finales del siglo XVIII y principios del siglo XX la geodesia, la mineralogía... y la química modernas desautorizaron la antigua idea del crecimiento de los minerales y de la Tierra misma (e incluso llegó a establecerse la definición del metro, unidad invariable de longitud, como equivalente a la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre). Como consecuencia de ello, los economistas clásicos no pudieron menos que aceptar que el crecimiento de la población, la producción y los consumos (materiales) resultaba inviable a largo plazo en la Tierra. De ahí que aceptaran de mala gana que el crecimiento económico acabaría apuntando irremisiblemente hacia un horizonte de "estado estacionario". El hecho de que un economista tan acreditado como John Stuart Mill, cuyo manual alcanzó numerosas ediciones, viera con buenos ojos ese "estado estacionario", denota hasta qué punto no estaba todavía firmemente establecida la mitología actual del crecimiento como llave inequívoca del progreso. "No puedo mirar al estado estacionario del capital y la riqueza -decía este autor en su manual- con el disgusto que por el mismo manifiestan los economistas de la vieja escuela. Me inclino a creer que, en conjunto, sería un adelanto muy considerable sobre nuestra situación actual. Confirmo que no me gusta el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar y que aplastar, dar codazos y pisar los talones al que va delante, característicos del tipo de sociedad actual, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana [...]. No veo que haya motivo para congratularse de que personas que son ya más ricas de lo que nadie necesita hayan doblado sus medios de consumir cosas que producen poco o ningún placer, excepto como representativas de riqueza [...], sólo en los países más atrasados del mundo puede ser el aumento de la produccíón un asunto importante; en los más adelantados lo que se necesita desde el punto de vista económico es una mejor distribución". [MIll, 1848 (reed. 1978, p. 641)]."

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