De "Yo, Claudio" de Robert Graves
Atenodoro era un anciano majestuoso, de negros ojos bondadosos, nariz aguileña y la más maravillosa barba que jamás haya crecido en una barbilla humana. Le llegaba ondulando hasta la cintura, y era tan blanca como el ala de un cisne. No digo esto como ociosa comparación poética, porque no pertenezco al tipo de historiador que escribe en estilo seudo épico. Quiero decir que era literalmente blanca como el ala de un cisne. En el lago artificial de los jardines de Salustio había algunos cisnes domésticos, y Atenodoro y yo los alimentábamos a veces con pan que les arrojábamos desde un bote, y recuerdo haber advertido que su barba y las alas de ellos eran exactamente del mismo color. Atenodoro solía acariciársela lenta y rítmicamente mientras hablaba, y en una ocasión me dijo que eso era lo que se la hacía crecer tan lujuriosa. Me dijo que de sus dedos fluían invisibles simientes de fuego, que eran alimento para los cabellos. Era una típica broma estoica a expensas de la filosofía especulativa epicúrea.
La mención de la barba de Atenodoro me recuerda a Sulpicio, que cuando yo tenía trece años de edad fue nombrado por mi abuela Livia mi preceptor especial de historia. Sulpicio tenía, si mal no recuerdo, la barbita más lamentable que nunca haya visto: era blanca, pero con la blancura de la nieve de las calles de Roma después del deshielo, de un blanco gris feo sucio, anchado de amarillo, y muy rala. Solía enredársela entre los dedos cuando estaba preocupado, e incluso se llevaba el extremo a la boca y lo mascaba. Creo que Livia lo eligió porque lo consideraba el hombre más aburrido de Roma y porque abrigaba la esperanza de que, al convertirlo en mi preceptor, me desalentaría en mis ambiciones históricas, porque muy pronto se enteró de ellas. Livia tenía razón: Sulpicio poseía un gran talento para hacer que las cosas más interesantes pareciesen absolutamente huecas y muertas.
Pero ni siquiera la sequedad de Sulpicio consiguió apartarme de mi labor, y por otra parte tenía el mérito de poseer una memoria excepcionalmente exacta para los hechos. Si yo alguna vez necesitaba alguna información poco común, como por ejemplo las leyes de sucesión de los caudillos de alguna de las tribus alpinas contra las cuales había luchado mi padre, o el significado y etimología de su grito de guerra, Sulpicio sabia qué autoridad había tratado esos puntos, en qué libro, y en qué estante de qué sala de qué biblioteca podía encontrarlo. No tenía sentido crítico y escribía pésimamente, los hechos se asfixiaban los unos a los otros, como flores en un cantero que no ha sido escardado. Pero resultó ser un inestimable ayudante cuando aprendí más tarde a utilizarlo como tal, en lugar de emplearlo como preceptor. Y trabajó para mí hasta su muerte, a la edad de ochenta y siete años, casi treinta después, y su memoria permaneció intacta hasta el final, y su barba tan descolorida y rala como siempre.
