De "Nuestra señora de París" de Victor Hugo
Lector, has sido niño alguna vez y tal vez tienes la fortuna de seguir siéndolo. Sin duda has perseguido más de una vez (yo, por mi parte he pasado en ello días enteros, los mejor empleados de mi vida) de matorral en matorral, a la orilla de algún arroyo, en un día de sol, a alguna linda libélula verde o azul, de vuelo zigzagueante y que rozaba al paso todas las ramas. Recuerdas la amorosa curiosidad con que tu pensamiento y tu vista seguían ese pequeño remolino de alas púrpura y azul cuyo centro era una forma inasible y velada por la misma rapidez de sus movimientos. El cuerpo aéreo que se dibujaba confusamente a través de aquel temblor de alas te parecía quimérico, imaginario, imposible de ver. Pero cuando por fín la libélula se posaba en la punta de un junco y podías examinarla, conteniendo el aliento, las frágiles alas de gasa, el alargado cuerpo de esmalte, los dos globos de cristal, ¡Que gran asombro sentías y como temías ver que aquella forma se esfumase otra vez en sombras y aquel ser en quimeras!
