La villa color fresa
"Este jardín de casa de muñecas era un país encantado, un bosque de flores transitado por criaturas que yo jamás había visto. Entre los gruesos y sedosos pétalos de cada capullo de rosa vivían arañitas como cangrejos, que se escabullían de lado si se las molestaba. Sus cuerpecitos translúcidos tenían igual coloración que su flor respectiva: rosa, marfil, corinto o amarillo manteca. Sobre los tallos de los rosales, incrustados de pulgón, las mariquitas se movían como juguetes recién pintados: mariquitas rojo pálido con grandes puntos negros; mariquitas rojo manzana con puntos pardos; mariquitas color naranja moteadas de gris y negro. Simpáticas y gordinflonas, rondaban comiendo por entre los anémicos rebaños de pulgones. Abejas carpinteras como peludos osos azul eléctrico zigzagueaban atareadas entre las flores, zumbando roncamente. Las mariposas esfinge, pulcras y esbeltas, recorrían los senderos con aparatosa eficiencia, sosteniendo a ratos su aleteo borroso para inyectar su larga y fina trompa en los capullos. Entre las piedrecitas, grupos de grandes hormigas negras se tambaleaban haciendo gestos en torno a extraños trofeos: una oruga muerta, un trozo de pétalo de rosa, o una vaina seca colmada de semillas. Como acompañamiento a toda esta actividad llegaba, desde los olivares más allá del seto de fucsia, el continuo, centelleante chirriar de las cigarras. Si la curiosa atmósfera cegadora del calor produjera un sonido peculiar, sería exactamente el grito extraño y monótono de estos insectos."
"Comprobé que las arañitas cambiaban de color como un camaleón cualquiera. Cogía una araña de una rosa color burdeos, donde había estado metida como una cuenta de coral, y la depositaba en las profundidades de una rosa blanca. Si se quedaba allí -que era lo más frecuente-, se veía que su color iba desvaneciéndose, como si el traslado la hubiera puesto anémica, hasta que al par de días se agazapaba entre los blancos pétalos como una perla. Descubrí que en las hojas secas al pie del seto de fucsia habitaba otra clase de araña, un fierecillo cazador astuto y sanguinario como un tigre. Paseaba por su continente de hojas, con los ojos relucientes al sol, parándose de vez en cuando y estirándose sobre sus patas peludas para otear el entorno. Si veía una mosca tomando el sol, se quedaba petrificado; después, con la lentitud con que crece una planta, se adelantaba imperceptiblemente, avanzando milímetro a milímetro, deteniéndose de palmo en palmo para enganchar su seda de salvamento al haz de las hojas. Llegado a la distancia adecuada, el cazador se paraba a frotarse levemente las patas como quien hace un buen negocio, y extendiéndolas luego en un peludo abrazo saltaba sobre la amodorrada mosca. Jamás vi a una de esas arañitas errar el tiro, una vez situada en posición."
La villa color narciso
"El muro ruinoso que rodeaba el jardín hundido contiguo a la casa era para mí un rico coto de caza. Era una tapia antigua de ladrillos en otro tiempo enlucida, pero ahora aquella epidermis aparecía verde de musgo, levantada y combada por la humedad de muchos inviernos. La superficie entera era un mapa intrincado de grietas, unas de varios centímetros de anchura, otras del grosor de un cabello. Aquí y allá se habían desprendido fragmentos grandes de yeso, dejando al descubierto el costillar de rosados ladrillos. Visto de cerca, el muro constituía todo un paisaje: los tejadillos de cientos de hongos diminutos, rojos, amarillos y marrones, se arracimaban como pueblecitos en las partes más húmedas; las montañas de musgo verde botella crecían en bandas tan simétricas que diríanse haber sido plantadas y recortadas; de los puntos más sombreados de las grietas brotaban bosques de pequeños helechos, inclinándose lánguidos como arroyos de verdor. La zona alta del muro era tierra desértica, tan reseca que sólo nutría unos cuantos musgos rojizos, tan caliente que sólo servía de solana para las libélulas. Al pie crecía un amasijo de plantas: crocos, ciclámenes, asfódelos, que asomaban sus hojas por entre los montones de tejas rotas y melladas. Protegía toda esta parte un laberinto de zarzamoras moteadas, en estación, de fruta gruesa y jugosa, negra como el ébano. Los habitantes de este muro formaban un conjunto variopinto, dividido en trabajadores diurnos y nocturnos, cazadores y cazados. De noche los cazadores eran los sapos que vivían entre las zarzas, y las salamanquesas pálidas y translúcidas de ojos saltones que habitaban en las rendijas de más arriba. Su presa era la población de típulas tontas, despistadas, que circulaban zumbando entre el follaje; las mariposas nocturnas de infinitas formas y tamaños, mariposas a rayas, a cuadros, jaspeadas, listadas, atigradas, que revoloteaban en blandas nubes junto al yeso marchito; y los escarabajos rechonchos, impecables como hombres de negocios, que corrían con obesa eficiencia a sus tareas nocturnas. Cuando ya la última luciérnaga había cruzado las colinas de musgo para meter en cama su linterna esmeralda, y salía el sol, el muro era invadido por el siguiente grupo de habitantes. Aquí era más difícil distinguir al cazador de su presa, pues cada uno parecía alimentarse indiscriminadamente de todos los demás. Así, las avispas depredadoras buscaban orugas y arañas; las arañas cazaban moscas; las grandes, quebradizas y rosadas libélulas se nutrían de arañas y de moscas; y las veloces lagartijas, esbeltas y multicolores, se alimentaban de todo en general."

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